La Princesa y El Sapo

Resumen

Publicado: 31/05/2012

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La Princesa y El Sapo


En aquellos tiempos lejanos en los que bastaba desear una cosa para conseguirla, vivía un rey que tenía unas hijas muy guapas, especialmente la pequeña, tan hermosa que hasta el sol se maravillaba cada vez que sus rayos se posaban en el rostro de la muchacha.

 

Junto al palacio real se extendía un bosque grande y obscuro, y en él, bajo un viejo árbol, brotaba un manantial. 

 

En las horas de más calor, la princesita solía ir al bosque a sentarse a la orilla de la fuente. Cuando se aburría jugaba con una pelota de oro, que tiraba al aire para recogerla después; era su juguete favorito. Una vez, en lugar de caer en su mano, la pelota fue a dar al agua. La princesa la siguió con la mirada, pero la pelota desapareció, pues el manantial era tan profundo que son se alcanzaba a ver su fondo. La niña se echó a llorar, y lo hacía cada vez más fuerte, sin consuelo, cuando en medio de sus lamentaciones oyó una voz que decía:

 

-¿Qué te ocurre, princesita? ¡Lloras tanto que vas a ablandar las piedras!

 

La niña miró a su alrededor, buscando de dónde venía la voz, y descubrió por fin un sapo que asomaba su gruesa y fea cabezota de la superficie del agua.

 

-¡Ah! ¿Eres tú, sapo saltarín? -dijo-. Pues lloro por mi pelota de oro, que se me ha caído en la fuente.

 

-Cálmate y no llores más –replicó el sapo-. Yo puedo arreglarlo. ¿Pero qué me darás si te devuelvo la pelota?

 

-Lo que quieras –respondió la niña-. Mis Vestidos, mis perlas y piedras preciosas; hasta la diadema de oro que llevo.

 

-No  me interesan tus vestidos –dijo el sapo-,  ni tus perlas, ni tus piedras preciosas, ni tu corona de oro; pero si estas dispuesta a aceptarme como amigo y compañero de juegos, si dejas que me siente a tu lado  en la mesa y que coma de tu platito y beba de tu vasito, si me prometes todo esto, bajaré al fondo y te traeré tu juguete.

 

-¡Oh, sí! – Exclamó la niña-. Te prometo cuanto quieras con tal que me devuelvas la pelota.

 

Pero, para sus adentros, la princesita pensaba: ¡Qué tonterías se le ocurren a este animalejo! Tiene que estar en el agua con sus semejantes, croa que te croa. ¿Cómo va a convivir con las personas?”

 

Obtenida la promesa, el sapo se zambulló en el agua, y al poco rato volvió a salir con la pelota en la boca. La soltó en la hierba, y la princesita, loca de alegría al ver de nuevo su juguete, lo recogió y echó a correr con él.

 

-¡Espera, espera!- exclamó la rana-. ¡Llévame contigo, no puedo alcanzarte, no puedo correr tanto como tú!

 

Pero de nada le sirvió desgañitarse, y gritar “croac, croac” con todas sus fuerzas. La niña, sin atender a sus súplicas, seguía corriendo hacia el palacio, y no tardó en olvidarse del pobre sapo, que no tuvo más remedio que zambullirse de nuevo en su charco.

 

Al día siguiente, la princesita estaba a la mesa, junto con el rey y todos los cortesanos, comiendo en su platito de oro, cuando oyó que algo subía fatigosamente las escaleras de mármol del palacio y, una vez arriba, llamaba a la puerta.

 

-¡Princesita, la menor de las hermanas, ábreme!

 

La niña corrió a la puerta para ver quién llamaba y al abrir se encontró con el sapo. Cerró de un portazo y volvió a la mesa, llena de zozobra. Al observar el rey cómo le latía el corazón, le dijo:

 

-Hija mía, ¿de qué tienes miedo?, ¿acaso hay en la puerta algún gigante que quiere llevarte?

 

-No -respondió ella-. No es un gigante, sino un sapo asqueroso.

 

-Y ¿qué quiere de ti ese sapo?

 

-¡Ay, padre querido! Ayer estaba jugando en el bosque, junto a la fuente, y se me cayó al agua la pelota de oro. Mientras yo lloraba el sapo me la trajo. Yo le prometí, pues me lo exigió, que sería mi compañero, pero jamás pensé que pudiese alejarse de su charca. Ahora está ahí afuera y quiere entrar.

 

Entretanto, llamaron por segunda vez y se oyó una voz que decía:

 

-“¡Princesita, la más niña, ábreme! ¿No recuerdas lo que ayer me dijiste junto a la fuente? ¡Princesita, la más niña, ábreme!”

 

Dijo entonces el rey:

 

-Lo que prometiste, debes cumplirlo. Ve y ábrele la puerta.

 

La niña fue a abrir, y el sapo saltó adentro y la siguió hasta su silla. Al sentarse la princesa, el sapo se plantó ante sus pies y le gritó:

 

-¡Súbeme a tu silla!

 

La princesita vacilaba, pero el rey le ordenó que lo hiciera. De la silla, el animalito quiso pasar a la mesa, y, ya acomodado en ella, dijo:

 

-Ahora, acércame tu platito de oro para que podamos comer del mismo lugar.

 

La niña hizo lo que el sapo le ordenó, pero a regañadientes. El sapo engullía muy a gusto, mientras la princesa se le atragantaban todos los bocados. Después, el sapo exclamó:

 

-¡Estoy llena y cansada! Quisiera dormir un rato en tu camita de seda. 

 

La princesita se echó a llorar; le repugnaba aquel bicho frío y viscoso al que ni siquiera se atrevía a tocar, y ahora se empeñaba en dormir en su cama.

 

Pero el rey, enfadado, le dijo:

 

-No debes despreciar a quién te ayudó cuando estabas necesitada.

 

La princesita llevó al sapo a su cuarto y ya en la noche antes de dormir, él le platicó a la princesita su verdadera historia:

 

-¡Querida niña, debajo de mi piel pegajosa se esconde un príncipe!

 

La niña no podía creer lo que escuchaba, pero el sapo seguía diciendo:

 

-Fui encantado por una bruja malvada y solo tú puedes romper el encanto con un beso.

 

La princesita atónita por lo que escuchaba, quiso comprobar lo que le decía el sapo, por lo que a pesar de su repulsivo aspecto, cerró los ojos y le dio un beso.

 

Inmediatamente, el horrible sapo cayó al suelo y se convirtió en el príncipe más apuesto que podía existir. El rey lo aceptó como compañero y esposo de su hija.

 

A la mañana siguiente llegó una carroza tirada por ocho caballos blancos, adornados con penachos de plumas y cadenas de oro. En él se fueron al reino del príncipe, donde vivieron felices para siempre.

 


Adaptación del cuento original “El Príncipe Rana” de Los Hermanos Grimm